miércoles 1 de junio de 2011

Hay personas que te sitúan en el presente.

Cuando ésto sucede, o sea, cuando tienes la oportunidad de conocer a alguien así, el pecho se te llena de un aire nuevo, el cuerpo se reconcilia con la silla en la que permanece sentado y la cabeza utiliza una mirada frontal capaz de atravesar paredes.

Entonces, llegas a encontrar ridículo atesorar objetos como reliquias, como refugios. Y sientes más que piensas. El sonido y la luz y el caos son lenguajes en perfecto equilibrio. Y vivir deja de ser una forma de espera.

Entonces desmitificas tu propio pasado, porque comprendes que esa idea que nos atormenta y esclaviza es ficticia, a pesar de las taras que haya dejado en nuestra piel, o bajo ella.

Y estás dispuesto a vivir lo que haga falta con tal de no perder nunca esa sensación de plenitud.