lunes 27 de diciembre de 2010

Mudar y permanecer


Es difícil de expresar con palabras, simplemente es algo que se presiente, como si poco a poco, o tal vez de golpe, fuésemos conscientes de que algo ya no es como era, y esto supone una liberación. O eso esperábamos.

Lo descubres un día en que, por ejemplo, te sientas en el sofá, con un objeto familiar entre las manos (algo como un libro, o un cuaderno, o un disco, o un pintauñas…) y te das cuenta de que ese objeto a dejado de ser trascendente para ti. Ya sólo es lo que es. Y no sabes cómo desenvolverte con ese nuevo significado, qué partido sacarle a algo que ya te es ajeno. Entonces sabes que algo ha mudado, definitivamente.
Pero no del todo. Aún no. O al menos, yo lo esperaba de otra manera. Ese cambio no puede ser sólo la no identificación de tu antigua identidad, debiera manifestarse como algo que arroja su propia luz sobre las hojas caídas, algo como la primavera, algo que se hubiera renovado.

De nuevo el tiempo. Pero tiene que haber algo más. La “clave”, es esto:
i n i c i a t i v a.
Es así de simple, o de complicado. La verdad es que soy demasiado vaga para poner en marcha la maquinaria que haga girar el reloj en el sentido que yo quiera…
Al menos, ahora, ya no tengo excusa. Algo es seguro: no quiero permanecer impasible.
No quiero mudar y permanecer, ¡qué desperdicio!